miércoles, 19 de enero de 2011

La busca de Obama


A los amigos que últimamente se han vuelto tan incorregibles como mis escritos.

S’imaginant que le peronisme n’est autre chose que l’art de crier d’un balcon…

Sergio Renan, 48 (2005)

Samidalberto Saadiramón Sapagfelipe Menemsaúl Asísjorge (un siglo tardaría esa lista de largos nombres en llegar al fax de la Casa Blanca, pasando por el de la Secretaria de Estado y el del embajador americano en Buenos Aires, y aún por el de Julian Assange y el un marine fanático de Lady Gaga); Barak Obama no le prestó atención, porque supuso que se trataba de una nueva lista de prisioneros de Al-Qaeda, y siguió redactando el undécimo capítulo de Tahafut-ul-Tahafut (Destrucción de la destrucción), el libro de memorias de sus años en Washington que escribía en tiempo real, en el que mantenía, contra Bill Clinton, quien escribió Tahafut-ul-Hotel (Demoliendo hoteles), que las corporaciones americanas solo reconocen las leyes de los generales, lo concerniente a las distintas especies de guerras y conspiraciones, y no reparan en el individuo, mucho menos cuando se trata de un individuo negro. Escribía con veloz indecisión, de arriba hacia abajo, aporreando las teclas de su Blackberry; el ejercicio de enviar twitts y de etiquetar fotos de las centrales nucleares de Irán en facebook no le impedía sentir, como un hondo malestar, la silenciosa manifestación del Tea Party que rodeaba la Casa Blanca. En el fondo del salón oval enronquecía  Silvio Berlusconi y Bill Clinton con unas amorosas conejitas; de algún lugar invisible se elevaba el clamor de su esposa Michelle y los agudos gritos de sus hijos; algo en la carne de Obama, cuyos antepasados procedían de tribus africanas, repudiaba la monogamia. Abajo estaban los jardines; abajo, el atareado Secretario de Defensa debatiendo si la selección americana de fútbol (soccer) debía defender con línea de cuatro o con dos stoppers y un líbero, y después la querida ciudad de Washington, no menos cara que Nueva York, pero con una oferta cultural mucho más pobre, y alrededor (esto Obama lo sentía también) se dilataba hacía el confín la tierra de los Estados Unidos, en las que hay muchísimas cosas, pero ninguna que sea gratis.
Los dedos índices tecleaban sobre la pantalla táctil, los argumentos se sucedían sin solución de continuidad, incomprensibles, pero una leve preocupación empañó la felicidad de Obama. No la causaba el Tahafut, trabajo gratuito para el que le bastaba dilatar sus tweets unos cuantos caracteres, sino la lista que acababa de llegarle por fax. ¿Cómo era posible que un cable con una lista de prisioneros de Al-Qaeda estuviera firmada por el embajador de Estados Unidos en Buenos Aires? Aquel diplomático americano, manantial de todos los cables publicados en el periódico El País de España sobre el gobierno nestoriano, había sido enviado a los confines sur del patio trasero para averiguar todo lo que se podía saber sobre los políticos de ese país y, de paso, establecer si el Uruguay era efectivamente un país independiente o una provincia sublevada. Obama se acercó hasta el fax y comprendió, no sin pavor, que la lista no era de militantes de Al-Qaeda sino de los políticos de origen árabe que integraron las (malas) administraciones de ese país desde 1989 hasta la fecha. Pocas listas más feas y patéticas registrará la historia que esa concatenación de apellidos árabes con nombres de pila españoles a los que separaban cuatro siglos y miles de neuronas de sus antepasados andaluces; a las dificultades intrínsecas de la pronunciación debemos añadir que Obama, enemistado con Siria y con Irán, no podía pedirle ayuda a ninguno de los presidentes de esos países. Ni bien se calzó los anteojos, dos palabras dudosas lo detuvieron en el principio del cable. Eran las palabras peronistas y justicialistas. Las había encontrado años atrás, en un libro de Felix Luna que compró solo para irritar a Chávez; nadie en el ámbito de la Casa Blanca barruntaba lo que querían decir. Vanamente había fatigado las páginas de Felipe Pigna, vanamente había sintonizado compulsivamente The History Channel. Esas dos palabras arcanas pululaban en el cable que le acababa de llegar; imposible fingir que no las había leído por un error de imprenta.
Obama dejó la lista sobre el escritorio. Se dijo (sin demasiada fe) que suele estar muy cerca lo que buscamos, especialmente cuando se trata de problemas. Cerró el archivo de sus Memorias y se dirigió al salón donde dormían la siesta sobre alfombras persas sus  baladíes asesores para América Latina. Era irrisorio imaginar que nunca antes los había consultado sobre el significado de esas palabras, pero era la triste verdad. Apenas unos días antes esos hombres instruidos le habían revelado que los habitantes del Brasil hablaban portugués y no una variante incomprensible del español. De ese penoso recuerdo lo distrajo una suerte melodía de vidrios rotos. Miró por la ventana agujereada; abajo, en el amplio jardín arbolado, jugaban los hijos de unos inmigrantes argentinos que habían acampado en la esperanza de obtener una parcela donde erigir la casa propia. Uno, de pie sobre los hombros de otro, hacía notoriamente de presidente; bien abiertos los ojos, salmodiaba Para un argentino de bien, no puede haber nada mejor que otro argentino.  El que lo sostenía, sigiloso, hacía de oposición aunque en realidad pertenecía al mismo partido, y se afanaba para desestabilizarlo y ocupar su lugar; otro, aburrido en el césped y tocando un bombo, hacía de pueblo. El juego duró poco; todos querían ser presidente, nadie la oposición ni el pueblo. Obama los oyó disputar en dialecto grosero, vale decir en el ininteligible español de La Matanza. Sacó de un cajón un mate curado de espanto y pensó con orgullo que en toda Córdoba (acaso en toda la avenida Rivadavia) no había otro mate con menos uso que este que el emir Yoma le había remitido desde Buenos Aires. El nombre de ese puerto le recordó que el viajero Oliver Stone, que acababa de regresar de la Argentina, cenaría con él esa noche en casa de la Secretaria de estado Hilary Clinton.  Oliver decía haber alcanzado los reinos del imperio del Sin (del pecado); sus detractores, con esa lógica peculiar que da el odio, juraban que nunca había pisado Lomas de Zamora y que en las villas miserias de esa localidad había blasfemado del tío Sam. Inevitablemente, la reunión duraría horas y sería aburrida; Obama, presuroso, retomó la escritura de sus Memorias y, pasando por alto el episodio de esa noche, empezó a escribir sus recuerdos de la mañana siguiente. Trabajó hasta que recibió un tweet de Hilary avisándole que la comida estaba ya lista y comenzaba a enfriarse.
El diálogo, en la casa de los Clinton, pasó de los incomparables beneficios que le prodigó a los Estados Unidos el presidente Menem a los chanchullos de su cuñado el emir Yoma; después, en el jardín, hablaron de Rosas. Oliver Stone, que nunca había oído el nombre de ese caudillo, juró que no había Rosas como el Rosas que gobierna hoy en día en Venezuela. Hilary no se dejó sobornar; observó que el docto Tomás Eloy Martinez describe una excelente variedad del Rosas que se da en la ciudad bonaerense de Lobos y cuyos retoños, de una ambivalencia descarnada, presentan caracteres que van desde la izquierda guerrillera hasta la derecha neoliberal, aunque todos dicen: No hay otro dios que el General, el General es el primer trabajador. Agregó que Oliver Stone, seguramente, conocería a ese Rosas.  Oliver Stone la miró con alarma. Si respondía que sí, todos los juzgarían, con razón, el más disponible y casual de los espías para enviar a ese incomprensible país del sur; si respondía que no, y los rumores llegaban a la Argentina, la presidenta de ese país lo consideraría un infiel. Optó por musitar que con el Señor Assange están los archivos de todas las cosas ocultas por el Departamento de Estado y que no hay en la tierra un chiste verde contado por un jefe de estado a un embajador americano que no esté registrado en Su Sitio. Esas palabras sumieron a Hilary en un  silencio reverencial. Envanecido por esa victoria dialéctica, Oliver Stone iba a pronunciar que Chavez es perfecto en sus obras y un socialista inescrutable. Entonces Obama declaró, prefigurando las páginas de las memorias que escribiría a la mañana siguiente:
—    Me cuesta menos imaginar un gobierno democrático en Corea del Norte, o en Irán, que admitir que Chavez es socialista o que un militar pueda ser perfecto en sus obras.
—    Sin embargo así es —sentenció Oliver Stone mientras vaciaba su vaso de whisky.
—    Algún viajero —intervino el Presidente Bill Clinton, que acababa de ingresar en el salón acompañado por Berlusconi— habla de un militar argentino que pregonaba la justicia social y cuyo fruto es una bolsa de gatos. Menos me duele creer en él que en un Chavez socialista.
—    El color de los habitantes de la Argentina —dijo Berlusconi— parece facilitar el portento. Además, los gobernantes y los gatos solemos ir de la mano, pero el socialismo y los militares no.
Otro huésped negó con indignación que Chavez fuese militar, ya que los militares suelen ser hombres de pocas palabras. Otro habló de George Orwell, que dijo que los burgueses suelen adoptar la forma de un hombre o de un animal, opinión que parece convenir con la de quienes le atribuyen forma de gorilas. Hilary expuso largamente la doctrina ortodoxa. El comunismo (dijo) es uno de los atributos de Marx, como su barba; sus palabras se copian en un libro, se pronuncian con la lengua, se recuerda con el corazón, pero casi nadie ha podido terminar de leer los pesados tomos de El Capital. Obama, que los había leído convencido de que se trataba de la teoría económica esbozada por un integrante judío de los Chicago Boys, pudo haber dicho que leer esa obra era algo así como mirar por televisión un partido de basketball disputado por mancos, pero notó que el auditorio era más proclive al baseball y al calcio de la seria A italiana.
Otros, que también lo advirtieron, instaron a Oliver Stone a referir alguna maravilla de aquel remoto país del sur. Entonces, casi tanto como antes de 1945, la Argentina era atroz; los oligarcas podían recorrerla, pero optaban por quedarse en sus confortables departamentos de La Recoleta o en sus casas de San Isidro. La memoria de Oliver Stone era un espejo de whiskys dobles e íntimas cobardías. ¿Qué podía referir? Además, le exigían maravillas argentinas y las maravillas de ese país estaban en Puerto Iguazú o en El Calafate, dos lugares que él nunca había visitado. Stone vaciló:
—    Quien recorre las calles y las noches del conurbano bonaerense —proclamó con unción— ve muchas cosas que no se ven ni siquiera en Afganistán. Ésta, digamos, que solo he referido una vez, a Carlos Menem, el rey de los turcos, ocurrió en Gonzalez Catán (La Matanza), ahí donde los últimos conglomerados urbanos del Gran Buenos Aires se derraman en la pampa húmeda.
Hilary preguntó si la ciudad quedaba a muchas leguas del Club Med de Itaparica, a donde tenía pensado ir de vacaciones.
—    Miles de dólares la separan —dijo Oliver Stone con involuntario hipo—. Cuarenta años tardaría un tránsfuga (tarambana) en ahorrar lo suficiente para pasar una noche en ese complejo hotelero. En Gonzalez Catán no sé de ningún hombre que haya pernoctado o utilizado la pileta del Club Med de Itaparica, pero más de uno habrá pasado por el hotel del gremio de los camioneros en Pinamar, que cuesta casi lo mismo.
El temor de lo grasamente infinito, de la mera barriada, del mero caserío, tocó por un instante a Berlusconi. Miró las fotos de las nietas de Hilary en el jardín de infantes; se supo enevejecido, inútil, irreal para cuando ellas tuvieran edad suficiente para ser becarias. Decía Oliver Stone:
—    Una tarde, los ministros del gobierno argentino me condujeron a un gimnasio de chapa pintada de Gonzalez Catán, en donde hablaría la presidenta K ante muchísimas personas. No sé puede contar cómo era ese gimnasio, que tenía un solo aro de basketball, porque donde estaba el otro habían erigido el escenario. En el terreno de juego había gente que comía unos hot dogs rellenos de embutido que se conocen como choripanes y bebían un vino de cartón con acento francés; también había gente comiendo y bebiendo en las gradas y en los ómnibus estacionados en la puerta. Un grupo de personas encabezados por un tipo con un sombrero de playa tocaban un tambor grave y monótono llamado bombo, otras quince o veinte (con remeras con la inscrpción La Cámpora) arriaban a las personas como ganado prometiéndoles recompensas. La presidenta hablaba pero ellos no la escuchaban; aplaudían pero no prestaban atención a lo que estaba sucediendo; tocaban el bombo pero de espladas a la tribuna; vitoreaban a la presidenta pero por lo bajo preguntaban si ya sería la hora de volver.
—     Los actos de los socialistas —dijo Hilary— exceden las previsiones del capitalista cuerdo.
—    No eran socialistas —tuvo que explicar Oliver Stone—. Estaban figurando, me dijo un ministro, para poder cobrar las dádivas que les propinaba el alcalde del municipio.
Nadie comprendió, nadie pareció comprender. Oliver Stone, confuso, pasó de la escuchada narración a las desairadas razones. Dijo, dando otro sorbo a su vaso de whisky.
—    Imaginemos que una gran masa de personas va a un acto político arrastrada en lugar de acudir por convicciones propias. Sea ese acto la del gobierno de turno o la de alguna facción del mismo partido gobernante que hace las veces de oposición. Los vemos bajar de los micros especialmente contratados, los vemos entrar en el gimnasio donde hablarán los políticos, los vemos bostezar y comer con la boca abierta, los vemos dormirse y preguntar cuánto tiempo falta para que termine esa farsa, lo vemos entregar a algún puntero un número de celular para que este pude retribuirle su acto de presencia. Algo así me mostraron esa tarde los ministros de la presidenta argentina.
—     ¿Aplaudían esas personas?
—    ¡Por supuesto que aplaudían! —convertido en documentalista de un movimiento político que apenas recordaba y que lo había fastidiado bastante—. ¡Aplaudían, vitoreaban y tocaban el bombo!
—    En tal caso —dijo Hilary— no se requería una masa de personas. Un buen director de cine puede hacer que un estadio con veinte personas parezca repleto, por más grande que sea.
Todos aprobaron ese dictamen. Se encarecieron las virtudes de los grandes estudios de Holywood, que es el idioma que usa Estados Unidos para dirigir a los otros países; luego, las superproducciones de James Cameron. Berlusconi, después de ponderar debidamente la prometedora figura de las nietas de Hilary, motejó de ignorantes a los directores americanos que en sus películas hacían hablar a los héroes grecolatinos en inglés americano. Dijo que era absurdo que en plena Roma un hombre del siglo II antes de Cristo hablara inglés con el acento de California, cuando en aquel entonces los pocos habitantes de esa zona hablaban el idioma de los Sioux. Urgió la conveniencia de hacer películas épicas sobre la Antigua Roma habladas en Latín con subtítulos en inglés y en italiano; dijo que cuando en la película Troya Brad Pitt dijo “Imagina un rey que luchara sus guerras, sería un espectáculo”, esa frase pudo suspender a la gente de la edad antigua, pero que hoy en día bastaba simplemente con ser dueño de un club de fútbol y de una corporación de emisoras y publicaciones. Todos aprobaron ese dictamen, que ya habían escuchado muchas veces, de muchas bocas de muchos asesores. Obama callaba. Al fin habló, menos para decir algo que para demostrar que no estaba ahí pintado de negro.
—    Con menos elocuencia —dijo Obama—, pero al menos en un inglés que se entiende, he defendido alguna vez la proposición que mantiene Berlusconi ante los productores de Holywood. En Los Angeles se ha dicho que solo es capaz de filmar una película épica en griego antiguo o en latín algún director nostálgico del cine mudo; para estar libre de error, agreguemos, es mejor nunca convocar a Woody Allen para que haga de griego o de romano. Marx, en uno de sus libros, dice que en el decurso de ochenta años de dolor de espalda producto de las butacas de los cines, ha visto muchas veces a camiones atropellar de golpe automóviles en las películas, pero jamás a un troyano hablar en griego; Berlusconi entenderá que estoy hablando de Groucho y no de Karl Marx, a quien poco y nada le interesaban las películas. A este reparo me contestaron varias cosas los productores de Holywood. La primera, que si los troyanos hablaran en griego antiguo, las películas solo podrían distribuirse entre el puñado de estudiantes varones que estudian Letras clásicas, no son gays, y van a la universidad por verdadero interés y no simplemente en busca de mujeres; es decir que la recaudación no se mediría en millones de dólares, sino en suicidios de productores por minuto. La segunda, que una estrella de cine es menos un actor que una cara bonita que farfulla en la pantalla palabras que importan un comino. Para Alabar a Leonardo Di Caprio, se ha repetido que es un bombón o un churro, pero nadie ha dicho que declama mejor Anthony Hopkins; si alguien lo hubiera dicho, entonces Beverly Hills estaría lleno de actores de radioteatro. Los papeles que solo un hombre puede interpretar son Rocky o Indiana Jones. Infinitos actores pueden hacer de Aquiles o de Ulises; cualquier actriz puede hacer de Penélope, pero solo Penélope Cruz puede ponerse en la piel de la mujer de Ulises y seguir respondiendo cuando la llaman por su nombre. En cambio, nadie no sintió alguna vez que Schwarzenegger es fuerte y es torpe, que es inocente y es también inhumano, igual que Ronald Reagan y la inmensa mayoría de los republicanos. Para esa convicción, que puede ser pasajera o continua, pero que nadie elude, estamos nosotros, los demócratas, en California. No se hará peor mal a un estado que el que estos dos republicanos  hicieron allí. Además (y esto es lo esencial de las memorias que estoy escribiendo), el tiempo, que carcome la imagen positiva del presidente, enriquece los versos de la oposición. Los de Sarah Palin, cuando ésta los compuso en Alaska, sirvió para que un desequilibrado disparara hace poco contra una legisladora de mi partido en Arizona; repetidos ahora, le sirven a mi partido para confrontar a la Asociación Nacional del Rifle Pandolfi y para recuperar el voto de algunas personas descontentas con mi gobierno. Ocho años tenía planeado pasar en Washington cuando asumí y hoy no veo la hora de volver a Chicago. El tiempo agranda el eco de nuestros  errores y si no pregúntenle a los defensores de la selección colombiana de fútbol. Así, atormentado hace unos días por la derrota de los Chicago Bulls ante los San Antonio Spurs, me complacía en repetir el apóstrofe  de los granjeros sureños:

También eres tú, ¡oh Manu!
En este suelo extranjero…

Singular beneficio de la xenofobia; palabras redactadas por un racista de Mississippi  que anhelaba una pasado esclavista me sirvieron a mí, un presidente negro, para mi nostalgia de los años en que no había argentinos en la NBA.
Obama, después, habló de los primeros presidentes, de aquellos que en el Tiempo de la Ignorancia, antes de que existiera  la televisión, dieron todos sus discursos por la radio, de rigurosa etiqueta, como si la gente en sus casas pudiera admirar sus trajes. Alarmado, no sin razón, por las fruslerías de Jean-Luc Godard, dijo que en las clásicas superproducciones épicas y westerns de Holywood  estaba cifrado todo el cine y condenó por analfabeta y vana la ambición francesa de hacer películas lentas sin explosiones ni efectos especiales. Los demás escucharon con placer, porque ninguno había nacido en París.
Sus hijos estaban ya conectados a Internet cuando Obama volvió a entrar en su despacho de la Casa Blanca. (En el Salón Oval, las conejitas seguían esperando el dinero que les había prometido Berlusconi, pero él sabía que no cobrarían hasta que saliera a la luz el escándalo, mucho más tarde.) Algo (¿un pajarito del jardín?) le había revelado el sentido de las dos palabras oscuras del cable. Con firme y cuidadosa caligrafía agregó estas líneas a sus memorias: Félix Moon (Luna) denomina peronistas a los presidentes argentinos que gritan sus discursos desde un balcón y justicialistas a los que los gritan por radio y TV. Admirables peronistas y justicialistas abundan en las páginas del periódico Página 12 y en los programas de la televisión pública de la Argentina.
Sintió un poco de frío. Apagado el aire acondicionado, se miró en el espejo que había hecho colocar Berlusconi en el techo del salón oval, donde las conejitas enronquecían ahora de sueño. No sé lo que vieron sus ojos, pero pagaría por poder hacerlo. Sé que desapareció bruscamente, antes de que Michelle o alguno de los niños pudiera sorprenderlo. Con el desparecieron los vasos de whisky, las bandejas y los billetes enrollados de cien dólares y las muchas pastillas de Viagra.

En la historia anterior quise narrar una derrota. Pensé, primero, en aquel bañero de Lomas de Zamora que se propuso ser presidente electo después de haber sido vicepresidente durante el gobierno inmediatamente  anterior; luego, en los seguidores del Jefe de Gobierno porteño que buscaron en Rozitchner la piedra filosofal y solo encontraron una filósofo con cara de piedra;  luego, en los vanos cultores de la presidenta K y su presunta transversalidad que terminó por degenerar en el gobierno más vertical del que se tenga memoria. Reflexioné, después, que más poético es el caso de un hombre que se propone uno de los pocos fines que no están vedados a los argentinos, pero sí a un norteamericano. Recordé que existía Obama, que encerrado en el ámbito de la democracia de su país, nunca podría entender el significado de las voces peronismo y justicialismo.  Referí el caso; a medida que adelantaba, sentí lo que hubo de sentir aquel oriundo de Galicia inventor del bidet que se propuso elaborar una ducha y le salió un artefacto para el ano. Sentí que la obra se burlaba de mí y de muchas personas que yo nunca había visto en persona. Sentí que Obama, queriendo imaginar lo que es un peronista sin haber sospechado lo que es un choripán, no era más absurdo que yo, queriendo imaginar a Obama, sin otro material que las fotos que aparecen en Google y los videos que hay en youtube. Sentí, en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que critica sin saber de lo que está escribiendo, y que para redactar esa narración yo tuve que fingir muchas veces una estupidez extrema, casi hasta lo infinito. (En el instante en que yo dejo de hacer bromas absurdas, el lector desaparece.)

jueves, 9 de diciembre de 2010

El muerto


A otro Martín, fanático de Georgie y gran lector de los partidos de Boca.

Que un hombre del suburbio de La Plata, que un alegre centrodelantero sin más virtud que su optimismo, se interne en las áreas rivales con la intención de picar la pelota por sobre la salida del arquero, parece de antemano imposible. A quienes lo entienden así (y, más aún, a quienes no), quiero contarles el destino de Martín, de quien acaso perduran goles inverosímiles pero ninguna clásica definición ante la salida del arquero, y que murió en su ley, de un cabezazo al poste, en los confines del área chica. Ignoro los detalles de su pelea con el compadrito de San Fernando Juan Román; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas, a ver si despierta el interés de algún otro que no sea el amigo a quien van dedicadas. Por ahora, este resumen es lo único que hay.
Martín cuenta, hacia 1992, diecinueve años. Es un mocetón de frente generosa, de sinceros cabellos oscuros, de reciedumbre de vaca; un peluquero infeliz lo ha convencido de que cualquier hombre puede jugar con una vincha y un arito, pero que solo los más valientes se atreven a salir a un estadio repleto de barras bravas con toda la cabeza teñida de blanco; no lo inquieta la habilidad de los contrarios, tampoco la inmediata necesidad de hacer, de vez en cuando, un pase con los pies. El caudillo de la parroquia le da una carta para el circunciso Miguel Ángel, por entonces director técnico de Estudiantes, y lo despide con un “que Dios te ayude”. Martín llega tarde a la práctica, porque se detiene en un potrero a perfeccionar una revolucionaria técnica para cabecear con la nuca; esa noche pernocta en el campo de juego vacío, con exhausta tristeza, tras comprobar que resulta imposible patear y cabecear un mismo tiro de esquina. Al día siguiente tampoco da con Miguel Ángel; hacia la noche, en un almacén de Villa Elisa, asiste a un altercado entre unos mellizos triperos. Un objeto contundente, presumiblemente botín, vuela apenas unos centímetros por encima de su fuente de trabajo; Palermo no sabe cuál de los dos hermanos es Guillermo y cuál es Gustavo, pero sabe que de todas maneras que Guillermo es que le cae peor. Para, en el entrevero, un plato de lentejas que iba dirigido a un comensal ubicado en una mesa del fondo. Este, después, resulta ser Carlos Salvador, manager de Estudiantes. (Martín, al saberlo, le entrega el plato de lentejas, porque prefiere comenzar la relación con el pie derecho, igual que los partidos). Carlos Salvador da, amén de contrahecho, la impresión de haber malogrado en su juventud varios goles recontrahechos; en su rostro, de nariz siempre demasiado cercana, están el judío (Brailovsky), el negro (Jota Jota) y el indio (Solari); los anteojos que llevan son un adorno más: después de rendir la última materia de Medicina no ha vuelto a tocar un libro.
Proyección de un defensor central o error de cálculo del arquero, a la mañana siguiente Martín convierte su primer gol de cabeza a los cinco minutos de haber ingresado en la práctica. En el entretiempo, comparte unas copas libertadoras con Carlos Salvador y, al promediar el segundo tiempo, se hace expulsar para poder acompañarlo a una farra y luego, ya con la luna bien alta, a un caserón del bosque de la Plata donde vuelve a encontrar a los hermanos triperos. En el último patio, que es de tierra, los cuatro hombres tienden su recado para improvisar dos arcos. Oscuramente (porque un frondoso ombú tapa ahora la luz de la luna), Martín compara ese diminuto potrero con el estadio donde jugó esa mañana, y comprende que será difícil que pueda llegarle un buen centro. Por fortuna para él, los mellizos comienzan una vez más a discutir entre ellos, y solo se ponen de acuerdo a la hora de mentar la mala reputación de la madre del otro. El picado se suspende por falta de garantías. Carlos Salvador aprovecha entonces para darle instrucciones a la madama del caserón de que haga debutar a Martín esa misma noche, así el domingo puede integrar el equipo que enfrentará a San Lorenzo, el equipo del Bambino, siendo ya todo un hombre.
La noche previa al partido Martín siente que ha dejado atrás el potrero y que pisa ahora tierra firme con césped regado. En realidad es el pasto del Bosque de La Plata húmedo por el rocío. Lo inquieta, eso sí, no saber dónde queda el estadio de Ferrocarril Oeste, en donde habrá de disputarse el partido al día siguiente. Para sobreponerse al temor, pasa la noche en vela, corriendo por las calles de La Plata, tirando diagonales. A la mañana siguiente, duerme hasta al utilero con el relato de su entrenamiento nocturno; ya con el sol bien alto, el mellizo Guillermo lo interrumpe para avisarle que se confundió de club y que aquel es el vestuario de Gimnasia y Esgrima. (Martín recuerda que Guillermo ha compartido con él la noche en caserón y en el boliche de Villa Elisa, pero tarda casi una hora en reconocerlo porque es la primera vez que lo ve solo, sin su hermano Gustavo, marginado del plantel debido a una inflamación de los gemelos). Guillermo celebra que Estudiantes ya está perdiendo uno a cero contra San Lorenzo en Caballito, y el relator anuncia por radio que el circunciso Miguel Angel manda llamar a Martín donde sea que esté. En una suerte de banco de suplentes cubierto para evitar proyectiles (Martín nunca ha visto una tribuna con más de veinte simpatizantes), efectivamente está esperándolo Miguel Ángel, acompañado por Carlos Salvador y por una clara y desdeñosa mujer de pelo rubio. La mujer en verdad es el delantero Claudio Paul, que acaba de regresar al país. Carlos Salvador increpa a Martín por haberse confundido de vestuario y de ciudad, y por haberse gastado su primer sueldo en el remis que lo trajo desde La Plata. Lo pone de un puntapié en el área rival y le repite que ya le está pareciendo un jugador bastante torpe. Martín se da vuelta para responder a la injuria cuando siente un balón rebotar en su nuca. Es el gol del empate. Carlos Salvador corre a abrazarlo y en medio de la turbamulta del festejo le propone ir a Boca, el equipo del Virrey. Porfía en llevar también a los mellizos triperos. Martín acepta, todavía confundido por el pelotazo; hacia la madrugada están los cuatro en camino, rumbo a La Boca.
Empieza entonces para Martín una vida distinta, una vida de bastos, copas y oros en las concentraciones y de jornadas que tienen el olor a bosta del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de Buenos Aires (también el hombre que entreteje estos dislates) veneramos y presentimos el barrio de Nuñez, así los hombres de ciudades limítrofes ansían el Riachuelo. Martín se ha criado en los barrios de un equipo que pincha rivales y de otro que en cien años de historia nunca ha salido campeón; antes de una semana se adapta por completo al primer equipo de Boca. Aprende a pisotear al rival, a entorpecer el juego, a hacer tiempo, a manejar el agarrón de camiseta que sujeta y el codazo al mentón que tumba, a resistir a los centrales, a los laterales, al árbitro, a pedírsela al contrario con el silbido y el grito. Solo una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, intenta tirar una gambeta, pera la tiene muy presente, porque sabe que al hacerla son muchas las probabilidades de que tropiece solo y le cobren penal, y porque, ante cualquiera de sus burradas, el jugador número doce lo aplaude y le dice que nadie las hace mejor. Alguien opina que Martín nació con los pies invertidos; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece para enviar centros con el perfil cambiado, aunque no para cabecearlos. Gradualmente, Martín entiende que los negocios de un centrodelantero son pocos y que el principal es hacer un gol aunque sea con la mano. Ser tripero es ser hincha de Gimnasia y Esgrima de La Plata, le explica Guillermo una tarde en el vestuario; Martín se propone entonces hacerse hincha de Boca, para que la hinchada pueda jactarse de ser ahora la mitad más dos. Justamente dos de sus compañeros defensores, una noche de Copa  Libertadores de América, cruzarán el círculo central envalentonados por un mejunje de Cagna; Martín choca con uno de ellos, lo hiere y toma su lugar para defender un tiro de esquina. Lo conmueve entonces un pelotazo que rebota en su cabeza y se introduce en el arco rival, a una legua de distancia. Que el Virrey (piensa desde el suelo) acabe por entender que yo valgo más que todos sus colombianos juntos.
Otro año pasa antes de que Martín haga un gol con alguna de sus piernas. Recorre el área chica, él área grande (que a Martín le parece muy grande cuando juegan en Brasil), llega a casa del patrón, en Colombia; los hombres de Boca atienden los recados de la prensa argentina en el último patio. Pasan los días y Martín no ha visto al Virrey. Dicen, con temor, que está filmando el comercial de un banco; el moreno Juan Román suele subir a su dormitorio para discutir cuántos volantes de contención son necesarios para aguantar el cero de visitante. Una tarde, le encomiendan a Martín esa tarea, y esa noche Boca sale a la cancha con tres arqueros. El árbitro compulsa el reglamento con los jueces de línea y finalmente le permite jugar con uno solo. Martín se siente vagamente humillado pero también un poco dolido por no haber podido estrenar los guantes que se había comprado para la ocasión.
El dormitorio del Virrey es desmantelado y oscuro, porque el presidente del club Mauricio le ha dado órdenes de ahorrar en todo lo que se pueda. Hay un balcón que da al helipuerto de la terraza, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas para poder salir del país en caso de que ganen de visitante, hay un remoto espejo que tiene una foto empañada de Silvina Luna. El Virrey yace Boca abajo, para no despeinarse; sueña y se queja por no tener un nueve como el Enzo; Martín nota las canas y le recomienda una marca de tintura; lo subleva que lo esté mandando ese viejo canoso y sin flequillo que teñir. Piensa que bastaría un buen bisoñé para mitigar ese oprobio. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es Claudio Paul, el hombre de pelo rubio; está a medio vestir (por fortuna de la cintura para arriba) y con ojotas y lo mira con lágrimas en los ojos. Caudio Paul se inclina sobre el pecho del nueve para llorar. Mientras solloza y explica que está allí dilapidando lo ganado en el fútbol europeo para que su esposa pueda adquirir un bronceado caribeño, los dedos de Martín juegan con la cola de caballo rubia hasta cortarla con sigilo. Al fin, Martín le dice a Claudio Paul que se marche e improvisa una peluca para el Virrey.
Días después le llega la orden de Marcelo, otro loco, de ir al Norte, al Paraguay, a jugar la Copa América. Arriban a una estancia perdida, llena de fanáticos de Boca que acosan a los jugadores y a sus esposas. Ni el mono Burgos ni el payaso Aimar alegran la concentración. Hay corrales de piedra para el Burrito y para el Pupi. Lo que un suspiro se llama ese desahuciado establecimiento.
Martín oye en rueda de prensa que Juan Román no tardará en llegar desde Don Torcuato. Se inclina para atarse sus anodinos botines y pregunta por qué; alguien aclara que hay un delantero agachado que está queriendo patear los penales con ambos pies al mismo tiempo. Martín comprende que es una broma pero de todas formas se las ingenia para fallar tres un mismo partido. Averigua, después, que le habría ido mejor en el rugby, y que habría sido mucho más justo que le tocase en suerte el apellido de Javier Saviola. También averigua que Juan Román se ha enemistado con Mauricio, el presidente del club. Le gusta esa noticia.
Llegan cajones de armas largas para sortear en las peñas de la hinchada; llega una jarra y una palangana para el flequillo de Martín; llega de Formosa, una mañana, un morocho sombrío seguido de un séquito de perros. Es el Negro Ibarra, quien hace las veces de capanga o guardaespaldas de Juan Román cuando no está presente la madre de este último. Habla muy poco y lo poco que dice no se le entiende. Martín no sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie. Sabe, eso sí, que para que le llegue un buen centro desde la derecha tiene que ganar su amistad.
Entra después en el destino de Martín un colorado Mercedes Benz que importa Juan Román de Alemania y que luce chapeado un solo día en el estacionamiento del club hasta que Martín lo abolla sin querer durante la práctica de penales a colocar. Ese automóvil importado es símbolo de la habilidad que Martín codicia; también desea, con deseo rencoroso, poder patear tiros libres al ángulo y tirarle caños a los rivales. La habilidad, el tiro libre, el caño son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a sustituir.
Aquí la historia se complica. Juan Román es diestro en el arte de enrostrarle al prójimo su felicidad, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor esgrimiendo un depurado dominio del pretérito perfecto compuesto, combinándolo con el pluscuamperfecto y el anterior; Martín resuelve aplicar esos tiempos verbales en las notas que da a la televisión, obligando a las emisoras a emitir sus programas con subtítulos. Resuelve suplantar, lentamente, a Juan Román como cerebro del equipo. Logra, en tiros de esquina de peligro común, la amistad del Negro Ibarra. Le confía su plan; el Negro le promete su ayuda. Muchas cosas van aconteciendo después de las que sé unas pocas. Martín no obedece a Juan Román ni al Virrey; da en gambetear, en patear tiros libres, en intentar pases goles. El universo parece conspirar en su favor y apresura los hechos. Una madrugada argentina, ocurre en campos de Tokio un enfrentamiento con gente madrileña; Martín usurpa el lugar de héroe de Juan Román y manda a los colombianos. Casi se fractura una pierna durante uno de los festejos, pero esa noche Martín convierte dos goles y esa noche le entregan un Toyota por ser el mejor jugador del partido y esa noche duerme con Claudio Paul, el hombre de pelo reluciente, que —¡oh, casualidad!— estaba ahí de farra. Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que puedan haber ocurrido en el lapso de una sola vida.
Juan Román, sin embargo, siempre es nominalmente el estratega del equipo. Da órdenes que no se ejecutan, patea tiros de esquina que no se cabecean; Martín no lo toca por una mezcla de rutina y de lástima.
La última escena de la historia corresponde a la agitación por la rotura del record de 218 goles de Roberto. Esa tarde, los hombres de Boca comen pasta y beben agua mineral sin gas; alguien infinitamente trata de evocar uno por uno los goles de Martín de cabeza pero inevitablemente los confunde. En la cabecera del ómnibus que los lleva al estadio, en Sarandí, Martín erige exultación sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de júbilo es un símbolo de que su irresistible destino es una pronta jubilación. Juan Román, taciturno entre los jugadores que salen a la cancha, deja que fluya clamoroso el partido. Cuando los bombos de la doce resuenan, elude a un rival en el área chica y le cede el gol servido a Martín como quien recuerda una obligación. En el festejo, evita el abrazo de Martín y va a buscar a Guillermo entre los fanáticos de la tribuna. Este baja enseguida, como si esperara el llamado. Baja a medio vestir, con la camiseta de Gimnasia y Esgrima que llevaba puesta debajo de la de Boca. Con una voz que se afemina y se arrastra, Juan Román le ordena:
-                     Ya que vos y el otro platense se quieren tanto, ahora mismo vas a mandarle un centro a la olla.
Agrega una circunstancia brutal: el centro tiene que ir al primer palo, de forma tal que cuando Martín cabecee se parta el cráneo contra el poste. El mellizo quiere resistir pero dos jugadores lo han tomado del brazo y lo encaminan hacia el banderín del corner. Arrasado en lágrimas, besa la pelota y hace a un lado una botella de vidrio. En el punto del penal, Martín comprende, antes de morir, que desde el principio lo han engañado, que ha sido condenado a muerte, que le han permito los goles, el record y los triunfos, porque ya lo daban por muerto, porque para Juan Román siempre había sido un muerto.
El Negro Ibarra, casi con desdén, le dice que vaya al primer palo.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El approach a Finkelstein


El rebe de Luvabitch escribe que la novela The approach to Finkelstein del boxeador Mister Muhammad Alí, de Kentucky, “es una cintura cósmica de tiempo bastante larga (a rather long cosmic waist of time), como acostumbran serlo las primeras novelas de autores que desconocen el uso correcto de los signos de puntuación y que acaban de escribir y leer a un mismo tiempo el primer libro de sus vidas”. Antes, el rabí Shankar había denunciado a Muhammad por haberle hecho perder cinco minutos con la primera de sus oraciones, donde resuenan “el inverosímil inglés de Carlos Tevez  y la elocuencia de Lionel Messi” —fundada acusación que el rebe, por su parte, repitió sin agregar una coma ante los sagrados rollos de la Torá sin obtener respuesta. Esencialmente, ambos rabinos concuerdan: los dos indican el valor de la obra como combustible y sus applications higiénicas parangonables a las del bidé (bidet). Esa hibridación puede movernos a imaginar algún parecido con un lápiz con goma; ya comprobaremos que el lápiz es mucho más útil y valioso.
La editio princeps del Approach a Finkelstein apareció en Brooklyn, a fines de lavar dinero. El papel era casi papel de diario pero sin noticias; la cubierta anunciaba al comprador que se trataba de la primera novela judía, ambientada en Buenos Aires, escrita por un musulmán norteamericano. Es evidentemente que Muhammad interpretó a pie juntillas y sin tropiezos la frase de Maradona: “todos los yanquis tienen a un judío del Once adentro (LTA)”. En pocos meses, un lector desocupado pudo terminar uno de los cuatro ejemplares vendidos que encontró tirado en el Central Park. La Brooklyn Centennial Review y el Brooklyn Mench dispensaron sus advertencias. Entonces, para recuperar algo de dinero, Muhhamad publicó una edición que incluía fotos de su pelea con Foreman en el Madison Square Garden (El Jardín cuadrilátero de Madison que no se bifurca), que tituló The Uppercut of a woman called Finkelstein y que subtituló hermosamente: A game with boxing gloves (Un juego con guantes que boxean.) Esa edición se agotó juntó con el Sports Illustrated de Estados Unidos campeón del mundo de soccer. La que yo tengo a la vista, por desgracia, es la primera; no he logrado juntarme con la segunda, idónea para hojear en cualquier baño o sala de espera, y que a todas luces –menos las de neón que cansan la vista - presiento muy superior. A ello me autoriza el apéndice que tuvieron que extirparme por haberme empecinado en terminar la primera. Antes de examinarla –y escupirla una vez más- conviene que yo indique a cuantos grados Celsius equivalen 451 grados de Fahrenheit, para que el lector pueda quemar el libro en su hogar o en el horno, según prefiera.
Su protagonista invisible –nada se nos dice de las razones de este portento, aunque intuimos que debió de ser algo muy reciente, porque el héroe, evidentemente no habituado a su nueva condición, se demora en un kiosco en busca de monedas para el colectivo- es un estudiante del Seminario Rabínico Marshall Meyer del barrio de Belgrano. Blasfematoriamente, descree de la fe judía de sus padres (había elegido esa institución porque era malo para las matemáticas, ignorando que las letras hebreas tienen valor numérico), pero al declinar la catorceava noche del mes de Nisán se recuerda que esa noche es la primera de la pascua judía y que su familia lo espera en el barrio de Eleven (Once) para celebrar el séder de Pésaj. En el apuro por llegar a casa de sus padres antes que el profeta Elías, se halla en el centro de un tumulto de sefaradíes y asheknazíes que acababan de salir de dos sinagogas ubicadas sobre una misma vereda de la calle Pasteur. Es noche de hierbas amargas y matzes; entre la muchedumbre adversa, los bigotes prematuros y los solideos de cuero sefaradíes se abren camino. Un ladrillazo peruano vuela de una azotea; alguien hunde una mano en un glúteo coreano que justo pasaba por ahí; alguien ¿turco, ruso? intenta recoger del suelo una billetera y es pisoteado. Dos hombres y un sefaradí pelean: rollos de tela contra libros de administración de empresas, kibes y lajmashines contra rebanadas de guefilte fish con jrein, Dios el indivisible contra los 24 tomos de las obras completas de Freud. Afónico, el estudiante invisible entra en la trifulca sin que nadie perciba sus gritos ni sus golpes. Con pecosas manos invisibles, mata (o piensa haber matado) a un mosquito que le estaba picando el codo. Atolondrada, motorizada, semisatisfecha por dos grandes de muzzarella, la policía del Mauri interviene con pistolas eléctricas imparcialmente antisemitas. Huye el estudiante, casi bajo las ruedas de un colectivo de la línea 95. Busca los arrabales últimos del Once, ahí donde se convierte en Barrio Norte. Atraviesa dos avenidas Pueyrredón, o una sola que ahora es mano y contramano. Escala la tapia de un desordenado jardín de infantes, con un póster (poster) del Dinosaurio Barney en el fondo. Una chusma de shikse color de schwartze (A gossipy shartzecoloured shiksa) emerge del ascensor de servicio del edificio de sus padres. Acostado, recuerda que es invisible y que no tiene necesidad de esconderse de los vecinos ni de ocultarle a su madre las manchas de su camisa. Sube por una escalera de fierro –solo después de haber intentado en vano guiar su dedo hasta el botón del piso de sus padres- y, al abrir la puerta del departamento, es confundido con el profeta Elías. El único que lo reconoce es la nueva pareja de su tía, un shleper alcohólico a quien nunca antes había visto y que, desoyendo todas las advertencias y recomendaciones, había caído en saco roto (in a torn cardigan). Ese hombre le confía que su profesión es profanar tumbas en el cementerio de La Tablada. Refiere otros antecedentes laborales y menciona que hace catorce noches que no fornica con la tía del estudiante, porque descubrió que la mujer llevaba en el cuello un colgante que tenía inscripta una palabra en hebreo que significa vida y no un saludo nazi. Habla con exacerbado rencor de evidentes judíos homosexuales de Tigre, “comedores de knishes y de varenikes, hombres tan infames como tu padre o como vos”. La familia no interviene porque cree que el hombre está hablando solo después de beberse las cuatro copas rituales con el estómago vacío. El estudiante percibe un repentino apagón en todo el barrio: en realidad uno de sus primos menores acaba de golpearlo en la nuca con la raqueta que le regalaron hace unos instantes por haber encontrado el aficomán. El estudiante, aniquilado, se duerme; cuando despierta, ya con el sol bien alto, ha desaparecido el profanador pero su tía sigue en el departamento, llorando. Han desaparecido también un par de güisquis (whiskies) que el padre del estudiante había escondido para celebrar cuando enviudara y unos dólares (lochshums) que había separado en esa misma esperanza. Ante las imprecaciones recibidas la noche anterior, el estudiante resuelve perderse en el tercer cinturón del conurbano. Piensa que se ha mostrado capaz de matar a un mosquito, pero no de saber con certidumbre si ese mosquito era capaz de inocular el paludismo. El nombre de Tigre no lo deja, y el de una bume (mujer sefaradí de casta muy poco casta) de Hacoaj, muy preferida por el odio y la lujuria del profanador de tumbas. Arguye que el odio de un hombre tan minuciosamente shleper y goi importa un comino. Resuelve –sin ayuda de nadie- buscarla y pagarle para venga con él al séder de la noche siguiente, para así reivindicarse de las acusaciones del profanador y demostrarle a su familia que no se ha hecho gay ni goi, y que todavía está con vida a pesar de su invisibilidad y de no haber obtenido un diploma universitario. Ante el estupor de su hermana, mueve el vientre con estruendo y con la puerta del baño abierta —poco a poco va descubriendo las ventajas de su nueva condición— y emprende, ya más ligero, el largo camino a Tigre. Así acaba la segunda página de la obra.
Imposible trazar las peripecias de la página siguiente. Hay una vertiginosa pululación de mujeres judías – para no hablar de una de ellas en particular que parece agotar todos los clichés del estereotipo (desde el colorado cabello encrespado hasta las pecas en los pómulos) y de una cuyos glúteos prematuramente comprenden la vasta geografía de los municipios de Victoria y San Fernando. La historia comenzada en Belgrano sigue en las casas bajas del club de campo de Hacoaj, se demora una tarde y una noche en el club house de madera, narra la muerte de un dentista ciego en el polvo de ladrillo, conspira en el green del hoyo catorce anotándole un golpe de más a un rival, reza y se masturba para vivir en carne propia las experiencias de Onán, mira nacer los días en el arco de una cancha de fútbol, mira morir las tardes en la misma cancha de fútbol pero en el arco de enfrente, vacila y mata un sapo con la bicicleta y cierra la órbita de sus ojos cuando las ruedas delanteras se clavan en un lomo de burro, para caer a pocos pasos de otra shikse color de shwartze. El argumento es este: Un hombre, el estudiante invisible y sin título que conocemos, cae entre las mujeres más viles de Hacoaj y se acomoda a ellas, en una especie de certamen de infamias. De golpe —con el milagroso espanto de un goi ante el espectáculo de un miembro circunciso— percibe alguna mitigación de esa infamia: una ternura, una sonrisa ante una ironía, un silencio, en una de esas mujeres aborrecibles. “Fué como si hubiera terciado en el diálogo un interlocutor capaz de la sinapsis”. Sabe que la mujer vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro; de ahí postula que ésta ha reflejado a una amiga, o a la prima de un amiga. Repensando el problema, llega a una convicción improbable: En algún lugar de Hacoaj hay una mujer capaz de quererme aunque yo no tenga título universitario y no veranee en Punta del Este; en algún punto de Hacoaj está esa mujer que es todo lo contrario a mi hermana. El estudiante resuelve dedicar toda la tarde siguiente a encontrarla.
Ya el argumento general se entrevé: la insaciable busca de una alma gemela a través de inefectivos approaches (approaches): en el principio, tenues piropos susurrados al pasar desde la impunidad invisible; en el fin, chabacanerías soeces y crecientes de la desesperación, del celo y de la misoginia. A medidas que las mujeres interpeladas han conocido más de cerca a Finkelstein, su porción de enojo es mayor, pero se entiende que no golpeen al estudiante porque no lo pueden ver. El tecnicismo matemático es aplicable: la cargosa novela de Muhammad es un suplicio ascendente, cuyo final es el presentido “uppercut de la mujer que se llama Sharon Finkelstein”. La inmediata antecesora de Finkelstein es una psicóloga ashkenazí con glúteos firmes pero busto casi tan invisible como el del estudiante; la que la precede es una productora de televisión sefaradí que es una santa… Al cabo de las horas, el estudiante llega al vestuario de damas “en cuyo fondo hay una puerta batiente con una mezuzá y atrás un vaho de vapor”. El estudiante se golpea las manos una y dos veces contra la pared y pregunta por Finkelstein: “¿está Sharon? Una voz de silbato –la increíble voz de Sharon Finkelstein- lo insta a pasar. El estudiante empuja la puerta y ve venir un guante de box a su quijada. En ese punto la novela concluye.
Si no me engaño, la buena ejecución de tal argumento impone dos obligaciones al escritor: una, la de saber leer y escribir; otra, la de conocer el tema sobre el que está escribiendo. Muhammad satisface a duras penas la primera; definitivamente no la segunda. Dicho sea con otras palabras: el inaudito y no mirado protagonista debería ser un judío del once real, con un marcado y definido sentimiento de culpa, y no un desorden de lugares comunes propios de una película de Burman con guión de Birmajer. En la primera versión, las fotografías ralean: “la mujer llamada Finkelstein” insinúa un busto prominente pero debemos conformarnos con imaginarlo. Desgraciadamente, esos relieves no aparecen en ninguna de las fotos de la segunda —de la que solo he oído hablar—, en donde, me han comentado, solo se ven ganchos y jabs de Muhammad pero ninguna derecha cruzada de Foreman que haga realidad el deseo más profundo de los lectores. Finkelstein es emblema de una Diosa judía y por eso no aparece su imagen; los puntuales itinerarios del héroe son los que hace todo socio de Hacoaj cada uno de los fines de semana que no está en Miami ni en Punta del Este. Hay pormenores afligentes: un judío negro a quien el intendente del club expulsa en nombre de la comisión directiva; un cristiano que usa vaqueros (jeans) sin ropa anterior para ver si en un descuido se flagela y deja de ser el centro de atención del vestuario de hombres; un lama que se afeita toda la cabeza menos un mechón de pelo circular para no tener que ponerse una kipá cada vez que lo invitan a un casamiento judío o a un entierro. Esos personajes quieren insinuar que en Hacoaj hay un puñado de gois, pero que todos ellos tienen, al menos, un amigo o compañero de dobles judío. La idea es poco creíble, a mi ver: ¿para qué pagar una cuota tan alta para ir a un club judío cuando uno tiene la posibilidad de acceder al Jockey? No diré lo mismo de esta otra: la conjetura de que Sharon Finkelstein no es judía, y que simplemente ha adoptado ese nombre artístico para poder bailar rikudim y conseguirse un marido que la mantenga. Finkelstein (el nombre del profético auditor que le recomendó a Beraja llamar con urgencia a los abogados de Madoff) quiere decir etimológicamente La falsa bailarina. En la primera versión, el hecho de que el protagonista fuera invisible justifica la dificultad de las mujeres para asestarle un cross en la mandíbula (golpe que Finkelstein concreta gracias a Dios y a que el vaho de vapor recorta la silueta del estudiante contra los azulejos del vestuario); en la segunda, el lector abandona inevitablemente la lectura al promediar la segunda oración atraído por las fotografías de Muhammad y Foreman en el Madison Square Garden. Mister Muhammad Alí, lo hemos visto, es incapaz de soslayar la más burda de las tentaciones del escritor: la de saber escribir.
Releo lo anterior y temo no haber destacado bastante los defectos del libro. Hay, a pesar de todo, un par de rasgos muy civilizados: por ejemplo, la aclaración en tapa de que no se aceptan devoluciones, y cierto epígrafe de una de las fotografías en donde Muhammad aclara que solo una vez ha resuelto una discusión conyugal a las trompadas, “para no tener razón de un modo triunfal”.

*
Se entiende que es deshonroso que un libro actual se venda en la misma mesa de saldos que los libros antiguos: ya que a nadie le gusta (como dijo Magic Johnson) deberle aún dinero a los editores y ver que los periodistas de los suplementos culturales ya han arrojado la obra de uno al cesto (basket). Los repetidos pero infructuosos llamados de Muhhamad a los periódicos judíos de Buenos Aires y Nueva York siguen escuchando —todos sabemos por qué— el tono de ocupado; no obstante, tengo entendido que Muhammad ya está trabajando en la segunda parte de su saga, que lleva el título provisorio de En busca del aficomán perdido. Otros planes para obras futuras no le faltan. Algún inquisidor ya se ha apuntado para darle caza a Muhammad ni bien la Santa Sede lo declare judío. Muhhamad admite que la novela tiene cierto aire semítico, pero alega que sería muy anormal que una obra impresa no tuviera ninguna relación con el Pueblo del libro… Yo, con toda humildad, señalo la necesidad de ajusticiarlo y sugiero utilizar el mismo método de tortura ideado por el cabalista Domingo Felipe Luria, que en la década del noventa propaló a millones de desdichados que el alma valía menos que un buen calzado nuevo. Reebok  se llamaba esa variedad de zapatillas.[1]
2010


[1] En el transcurso de esta noticia, me he referido dos veces al aficomán. Quizá no huelgue la CTA de Luis D’elia si me digno a explicarle al público goi lo que esta palabra significa. Al comienzo del séder de Pésaj, se parte en dos una de las tres matzot rituales. El trozo más pequeño (valga el oxímoron) se envuelve en una servilleta blanca y se lo esconde, para que luego los niños, al final de la velada, compitan por encontrarlo. Quien encuentra el aficomán recibe una recompensa del zeide de la casa. El objetivo es mantener despiertos a los niños hasta el final del séder. Hay quienes ven en este juego una alegoría de la busca de esposa. Según ellos,  la novia equivale a un pedazo de comida envuelto en una tela blanca, capaz de mantener a los hombres (niños eternos) despiertos en este séder que es la vida. Quien encuentra una mujer para casarse recibe una recompensa en forma de regalos de casamiento, solo para descubrir que el séder (la vida) en realidad recién ha comenzado, y que ni bien se descuide (o dejemos de cuidarse) llegarán los verdaderos niños, esos  que le impedirán conciliar el sueño por unos cuantos años. Todo esto lo explica el Shulján Aruj, tratado cuyo título en hebreo significa “mesa larga como para no oír las quejas de tu mujer”. Para esta nota no  he consultado el Shulján Aruj pero sí  mi reloj, y creo estoy llegando tarde  a mi clase de yoga.
Los contactos del Shuljan Aruj con la novela de Mister Muhammad Alí no son excesivos: apenas tienen en común el hecho de comenzar los dos en la primera página. En la página dos de la novela, unos poemas atribuidos por la productora de televisión sefaradí a Finkelstein son, quizá, la magnificación de su propia estupidez; esta y otras fallidas expresiones artísticas  pueden significar que muchas veces conviene dedicarse a labores más prosaicas como arrancar muelas; pueden también significar la identidad del buscado y del buscador, en cuyo caso estaríamos ante la forma más patológica del narcisismo. Otro capítulo insinúa que Finkelstein es el mosquito que el estudiante cree haber matado, o que Finkelstein  tiene un cerebro de las mismas dimensiones y características que el del insecto.      

miércoles, 13 de octubre de 2010

La secta de Freud


Quienes escriben que la secta de Freud tuvo su origen en Viena, y la derivan del hecho de que en ese momento eran tan pocos los judíos de París como los de Nueva York y Buenos Aires juntos, alegan textos de Lacan que ni el propio Lacan hubiese podido entender ni a punta de pistola, pero ignoran, o quieren ignorar, que la denominación Shrink no fue acuñada por Woody Allen ni Barbara Stresisand, y que tampoco hace referencia a la cabeza de los pacientes, como ellos pretenden hacernos creer, sino, más bien, a nuestros bolsillos. Ya unos tres mil años antes de la fundación de la secta en Viena, José, el hijo del patriarca Jacobo, había intentado sin éxito venderle al Faraón de Egipto los derechos de traducción de un papiro suyo al que había intitulado La Interpetación de los sueños. El soberano olió algo raro cuando José mencionó que estaba mal del estómago y que varios escribas estaban trabajando ya en la traducción de otro papiro inédito sobre un tal Moisés y una religión monoteísta que todavía no habían nacido. José contó que su mágico método de curación se llamaba Psicoanálisis, nombre que había tomado prestado del futuro griego antiguo y para el que aún no existía jeroglífico. El faraón se negó a prestarle siquiera oídos cuando José admitió que el tratamiento demoraba poco menos que la erección de la pirámide de Keops, pero enseguida volvió a llevarle el apunte cuando le aseguró que, llevado a sus extremos, podía resultar más redituable que la mismísima pirámide de Madoff. El método finalmente fue descartado porque los carpinteros egipcios aún no estaban en condiciones de construir un diván.
Mario Bunge, en unas declaraciones poco afortunadas que hizo en los baños de la televisión francesa cuando su micrófono estaba al aire y el de la emisora, todavía abierto, ha equiparado los sectarios de Freud a los mahometanos, utilizando el mismo término que acuñara Carlos Saúl Menem unos años antes para referirse a los musulmanes que viven en Italia. En Chile y en Hungría hay mahometanos y también hay sectarios; fuera de lo blanco de los ojos y del hecho de que ambos grupos respiran por nariz y boca, muy poco tienen en común unos y otros. Los mahometanos veneran a sus madres aunque bien podrían trocarlas por dos rollos de seda a la primera de cambio; los sectarios abominan de sus (idishes) mames y les endilgan el origen de todas sus faltas, pero jamás propondrán matrimonio a un goi sin antes contar con su visto bueno. Los mahometanos veneran al Dios de Abraham pero se cuidan muy bien de ocultárselo a la prensa extranjera, particularmente a la católica y la judía; los sectarios también veneraron al Dios de Abraham hasta que descubrieron que no podía garantizarles ningún paciente por fuera de las prepagas, y entonces lo reemplazaron por Lacan, que tampoco les garantiza pacientes pero al menos les permite adorar su imagen en las paredes de sus templo-consultorios… Martín Brauer declara que él y el autor de estas líneas somos esencialmente patéticos como corresponde a todo buen judío; la inmensa mayoría de los sectarios también lo son, aunque para disimularlo acostumbran alardear delante de sus angustiados pacientes como si acabaran de inventar la rueda. Esta pública verdad basta para avalar el vulgar antisemitismo (férreamente defendido por los presidentes de Irán y de Siria) que ve en la arrogancia del judío psicoanalista porteño y neoyorquino la justificación para borrar al Estado de Israel del mapa. Los antisemitas más o menos discurren así: Freud, el fundador de la secta, era judío; la mayoría de los sectarios y sus pacientes son judíos; matemos a todos los israelíes así los sectarios y pacientes judíos de Nueva York y Buenos Aires tienen un verdadero trauma de que hablar en sus sesiones. Sinceramente no puedo convenir con este razonamiento. La estadísticas revelan que la mayoría de los pacientes abominan de los traumas colectivos y solo acuden a los sectarios para hablar de ellos mismos, sus padres y sus parejas, y que ningún miembro de la secta aún ha sido capaz de retener durante más de dos minutos en su diván a un sobreviviente de Auschwitz con un trauma verdadero.
He dicho que los sectarios nunca han sufrido persecuciones por mala praxis. Ello es verdad, aunque para eso más de uno, incluido el propio Freud, ha tenido que otorgar descuentos a los pacientes a cambio de su silencio. Las únicas denuncias que lograron salir del consultorio tuvieron su origen en supervisiones: esos ritos satánicos en las que los partidarios de Freud se someten a otro sectario más experto, en la esperanza de lavarse las manos y encontrar la clave para aumentar los honorarios propios. Sin un juramento hipocrático que les prohíba seducir pacientes jóvenes, sin necesidad de emitir recibo y sin esa otra incomodidad que es tener que aceptar tarjetas de crédito, una sola cosa los contraría: descubrir al final de una sesión que el paciente ha olvidado en su casa el efectivo. Durante diez años he tratado con sectarios que no me comprendieron cuando inquirí si eran hombres de Freud, pero acto continuo me informaron que mis cincuenta minutos habían finalizado y que yo les debía una cuantiosa suma de dinero.
He compulsado los relatos de otros pacientes, aunque todavía no sé muy bien qué significa ese verbo. Sí, en cambio, puedo dar fe de que todos los sectarios utilizan el mantra ajá para estimular la catarsis de los pacientes, y que, para silenciarla, todos utilizan la palabra mágica dejamos, que tiene el poder de anudar la garganta del paciente y angustiarlo durante, al menos, otros siete días. He merecido en tres continentes –Buenos Aires, París y Nueva York- la enemistad de muchos sectarios, incluida mi hermana; me consta que mis críticas, en principio, les parecieron disparatadas, pero al final todos coincidieron en que lo suyo no es más que un trabajo, y que ellos, al igual que el resto del género humano, profesan un profundo afecto por el dinero. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo.

miércoles, 2 de junio de 2010

Diario de un poeta rolinga en Villa Gesell (parte 36)


5 de enero

“Bueno, Rolo, ahora vamos a evaluar tu capacidad de liderazgo”, dijo una morocha, no sé cuál de las dos porque yo en ese momento estaba cabizbajo, vigilando al saltarín que seguía cabizalto y a punto de despegar uno de los billete de la malla de un cabezazo.

¡Creer o reventar! ¡En apenas un par de hora horas el saltarín Jack Flash me estaba haciendo más alzamientos que los carapintadas a Menem y Alfonsín juntos! Ahora que lo pienso y lo escribo, yo de chico siempre creí que los carapintadas eran esos yankis del grupo Kiss. Menos mal que la noche anterior a votar por primera vez para gobernador se me ocurrió preguntarle a mi viejo si Aldo Rico tenía algo que ver con Gene Simmons, y ahí nomás me dio con un vate e la cabeza (me revoleó un Martín Fierro de tapa dura que acababa de regalarme la profesora de literatura de tercer año porque había sido el primero de la clase en aprender a leer) y empezó a gritarme que me iba a desaznar. Yo me apuré a defenderme y le aclaré que nunca me gustó Pedro Aznar, porque hace música de putos. “Sos un salvaje, igual que todos los que apoyan a esta cruel democracia en que vivimos”, gritaba papá mientras me perseguía por toda la casa; “los carapintadas no tienen nada que ver con esos vagos forráneos que tocan la guitarrita para no ir a laburar (siempre puteando a los rockeros mi viejo, yo no sé cómo hizo para cumplir veinte años el mismo día que los estón sacaron Sticky Fingers y no conocer ni siquiera a Jagger de nombre); los carapintadas fueron los únicos patriotas que tuvo este país desde que derrocaron a los militares en el ‘83. Igual, no te preocupes, que el día menos pensado van a volver al poder de un día para el otro, así de golpe.”

Ay, cómo le gusta hablar al viejo de política. Siempre dice que las únicas urnas que sirvieron para algo en toda la historia fueron las de los antiguos griegos, porque no las usaban para votar sino para guardar las cenizas de los sinvergüenzas que inventaron la democracia.

“Rolo, acostumbrate a mirarnos a la cara cuando te hablamos”, dijo la misma morocha, “los buenos líderes siempre miran a los ojos a la gente en el trabajo, tanto a la alta jefatura como a los subalternos”. Decí que me agarró medio desprevenido porque si no ahí nomás le confesaba que yo, cuando me toca hablar con una alta jefatura (¡y qué altas jefas eran las dos, por favor!), no puedo dejar de subalternar la mirada entre las dos tetas.

viernes, 16 de abril de 2010

Diario de un poeta rolinga en Villa Gesell (parte 35)


5 de enero

Creo que a las morochas no les cayó muy bien mi experiencia laboral, porque las dos pusieron la misma cara de currículum. No sé por qué, todo el mundo sale con cara de tujes (es la única palabra que sé decir en ruso) en las fotos del currículum. Y escribiendo de eso, un amigo de Berazategui que se fue a vivir a España porque le habían dicho que ahí era más fácil conseguir un buen curro me dijo que allá lo tuvieron tres días en cana porque le habían pedido que llevara su “hoja de vida” a una entrevista de trabajo y él se presentó con un par de hojas de chala. ¿Cómo mierda iba a saber que los gallegos les dicen así al currículum?
“Bueno, Rolo, te cuento un poco de qué se trata el trabajo de jefe de minas”, dijo una de las morochas, “en primer lugar, tenés que saber vas a estar a cargo de muchas personas”. “Me gusta que llames personas al personal de la industria minera”, le dije para que viera el respeto que les tengo a las mujeres de la vida, “aunque la verdad es que sus pibes suelen ser bastante hijos de puta”. “¡Ay, Rolo, la boquita!” “Sí, todavía la tengo bastante hinchada, ¿no? Es para besarte mejor”, y le guiñé una vez más el ojo. “En segundo lugar”, dijo la otra, seguramente celosa, “vas a ser responsable de la seguridad del personal”. “Ah, por eso no se preocupen, que yo puedo poner a laburar a unos amigos que saben cómo alejar a intrusos de las minas y que siempre están bien calzados”. “Buenísimo”, dijo la morocha, “es muy importante que controles también que el resto del personal esté bien calzado, lo más recomendable es que usen botas”. “Yo, particularmente, soy devoto de las botas, valga la redundancia”, dije, “porque creo que es el calzado que más calienta, pero sé que hay gente que prefiere los tacos altos. Una vez visité a una mina que con tacos me sacaba dos cabezas. ¡Altos tacos, por Dios!”
Las morochas se miraban cómo si yo hubiera dicho varias palabras más en ruso además de tujes; menos mal, porque yo aproveché para acomodarme al saltarín Jack Flash, que con tanto hablar de minas había vuelto a despertarse.

jueves, 15 de abril de 2010

Diario de un poeta rolinga en Villa Gesell (parte 34)


5 de enero

Menos mal que la rubia se había acostado en el colchón de coté (de espaldas a mí, claro, aunque yo apenas si le presté atención a su espalda), y que no cambió de posición cuando me fui volando a sentar a la mesa con las morochas, porque si no hubiera descubierto el agujero en el colchón de donde habían salido los billetes de mi malla. La castaña seguía sentada entre las dos morochas, dele que dele a teclear en su noubuk. “¿Vos también vas a participar de la entrevista?”, le pregunté. “No, empiecen tranquilos”, dijo, “mientras yo termino de incorporar las expresiones que usaste al diccionario bilingüe Conurbano - Capital y zona Norte que estoy armando.” “Cacha, ¿sabés que yo siempre usé diccionarios bilingües en los cuatro años que hice de primaria para adultos?”, le dije; “mamá siempre les ponía un forro que tenía una lengua estón que calzaba justo en cada tapa”.

“Bueno, ¿empezamos entonces, Rolo, te parece?, dijo una de las morochas. “Antes que nada te contamos un poco de qué se trata el puesto”. “No se molesten”, les dije, “conozco al dedillo los gaffes del oficio”, y les mostré el dedo índice para hacerme el gracioso, pero enseguida tuve que volver a esconderlo debajo de la mesa, porque seguía bastante pegoteado. (Podría haber intentado pilotearla haciendo un chiste sobre Sticky Fingers, pero las morochas mucho inglés pero poco y nada de rocanrol. Seguro creían que Brown Sugar era el nombre que usaban las Azucar Moreno para salir de gira por Inglaterra y Estados Unidos). “No importa”, dijo la otra morocha, “aunque sepas te contamos igual, porque en la facu nos dijeron que es muy importante apabullar al postulante hablándole de las responsabilidades del trabajo, aunque sea para el puesto de cadete o barrendero.” “Ah, en eso también tengo mucha experiencia”, les dije, para impresionarlas, “durante diez años fui cadete del kiosco de uno de mis tíos, y durante esos mismo diez años me la pasé barriendo sin piedad a todos los delanteros de los equipos rivales en el potrero. Pablo Escoba, me decían, porque, después de barrerlos en el partido, iba, les pedía perdón y aprovechaba para venderles un poco de faso”.