miércoles, 19 de enero de 2011
La busca de Obama
jueves, 9 de diciembre de 2010
El muerto
jueves, 11 de noviembre de 2010
El approach a Finkelstein
miércoles, 13 de octubre de 2010
La secta de Freud

Mario Bunge, en unas declaraciones poco afortunadas que hizo en los baños de la televisión francesa cuando su micrófono estaba al aire y el de la emisora, todavía abierto, ha equiparado los sectarios de Freud a los mahometanos, utilizando el mismo término que acuñara Carlos Saúl Menem unos años antes para referirse a los musulmanes que viven en Italia. En Chile y en Hungría hay mahometanos y también hay sectarios; fuera de lo blanco de los ojos y del hecho de que ambos grupos respiran por nariz y boca, muy poco tienen en común unos y otros. Los mahometanos veneran a sus madres aunque bien podrían trocarlas por dos rollos de seda a la primera de cambio; los sectarios abominan de sus (idishes) mames y les endilgan el origen de todas sus faltas, pero jamás propondrán matrimonio a un goi sin antes contar con su visto bueno. Los mahometanos veneran al Dios de Abraham pero se cuidan muy bien de ocultárselo a la prensa extranjera, particularmente a la católica y la judía; los sectarios también veneraron al Dios de Abraham hasta que descubrieron que no podía garantizarles ningún paciente por fuera de las prepagas, y entonces lo reemplazaron por Lacan, que tampoco les garantiza pacientes pero al menos les permite adorar su imagen en las paredes de sus templo-consultorios… Martín Brauer declara que él y el autor de estas líneas somos esencialmente patéticos como corresponde a todo buen judío; la inmensa mayoría de los sectarios también lo son, aunque para disimularlo acostumbran alardear delante de sus angustiados pacientes como si acabaran de inventar la rueda. Esta pública verdad basta para avalar el vulgar antisemitismo (férreamente defendido por los presidentes de Irán y de Siria) que ve en la arrogancia del judío psicoanalista porteño y neoyorquino la justificación para borrar al Estado de Israel del mapa. Los antisemitas más o menos discurren así: Freud, el fundador de la secta, era judío; la mayoría de los sectarios y sus pacientes son judíos; matemos a todos los israelíes así los sectarios y pacientes judíos de Nueva York y Buenos Aires tienen un verdadero trauma de que hablar en sus sesiones. Sinceramente no puedo convenir con este razonamiento. La estadísticas revelan que la mayoría de los pacientes abominan de los traumas colectivos y solo acuden a los sectarios para hablar de ellos mismos, sus padres y sus parejas, y que ningún miembro de la secta aún ha sido capaz de retener durante más de dos minutos en su diván a un sobreviviente de Auschwitz con un trauma verdadero.
He dicho que los sectarios nunca han sufrido persecuciones por mala praxis. Ello es verdad, aunque para eso más de uno, incluido el propio Freud, ha tenido que otorgar descuentos a los pacientes a cambio de su silencio. Las únicas denuncias que lograron salir del consultorio tuvieron su origen en supervisiones: esos ritos satánicos en las que los partidarios de Freud se someten a otro sectario más experto, en la esperanza de lavarse las manos y encontrar la clave para aumentar los honorarios propios. Sin un juramento hipocrático que les prohíba seducir pacientes jóvenes, sin necesidad de emitir recibo y sin esa otra incomodidad que es tener que aceptar tarjetas de crédito, una sola cosa los contraría: descubrir al final de una sesión que el paciente ha olvidado en su casa el efectivo. Durante diez años he tratado con sectarios que no me comprendieron cuando inquirí si eran hombres de Freud, pero acto continuo me informaron que mis cincuenta minutos habían finalizado y que yo les debía una cuantiosa suma de dinero.
He compulsado los relatos de otros pacientes, aunque todavía no sé muy bien qué significa ese verbo. Sí, en cambio, puedo dar fe de que todos los sectarios utilizan el mantra ajá para estimular la catarsis de los pacientes, y que, para silenciarla, todos utilizan la palabra mágica dejamos, que tiene el poder de anudar la garganta del paciente y angustiarlo durante, al menos, otros siete días. He merecido en tres continentes –Buenos Aires, París y Nueva York- la enemistad de muchos sectarios, incluida mi hermana; me consta que mis críticas, en principio, les parecieron disparatadas, pero al final todos coincidieron en que lo suyo no es más que un trabajo, y que ellos, al igual que el resto del género humano, profesan un profundo afecto por el dinero. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo.
miércoles, 2 de junio de 2010
Diario de un poeta rolinga en Villa Gesell (parte 36)
5 de enero
“Bueno, Rolo, ahora vamos a evaluar tu capacidad de liderazgo”, dijo una morocha, no sé cuál de las dos porque yo en ese momento estaba cabizbajo, vigilando al saltarín que seguía cabizalto y a punto de despegar uno de los billete de la malla de un cabezazo.
¡Creer o reventar! ¡En apenas un par de hora horas el saltarín Jack Flash me estaba haciendo más alzamientos que los carapintadas a Menem y Alfonsín juntos! Ahora que lo pienso y lo escribo, yo de chico siempre creí que los carapintadas eran esos yankis del grupo Kiss. Menos mal que la noche anterior a votar por primera vez para gobernador se me ocurrió preguntarle a mi viejo si Aldo Rico tenía algo que ver con Gene Simmons, y ahí nomás me dio con un vate e la cabeza (me revoleó un Martín Fierro de tapa dura que acababa de regalarme la profesora de literatura de tercer año porque había sido el primero de la clase en aprender a leer) y empezó a gritarme que me iba a desaznar. Yo me apuré a defenderme y le aclaré que nunca me gustó Pedro Aznar, porque hace música de putos. “Sos un salvaje, igual que todos los que apoyan a esta cruel democracia en que vivimos”, gritaba papá mientras me perseguía por toda la casa; “los carapintadas no tienen nada que ver con esos vagos forráneos que tocan la guitarrita para no ir a laburar (siempre puteando a los rockeros mi viejo, yo no sé cómo hizo para cumplir veinte años el mismo día que los estón sacaron Sticky Fingers y no conocer ni siquiera a Jagger de nombre); los carapintadas fueron los únicos patriotas que tuvo este país desde que derrocaron a los militares en el ‘83. Igual, no te preocupes, que el día menos pensado van a volver al poder de un día para el otro, así de golpe.”
Ay, cómo le gusta hablar al viejo de política. Siempre dice que las únicas urnas que sirvieron para algo en toda la historia fueron las de los antiguos griegos, porque no las usaban para votar sino para guardar las cenizas de los sinvergüenzas que inventaron la democracia.
“Rolo, acostumbrate a mirarnos a la cara cuando te hablamos”, dijo la misma morocha, “los buenos líderes siempre miran a los ojos a la gente en el trabajo, tanto a la alta jefatura como a los subalternos”. Decí que me agarró medio desprevenido porque si no ahí nomás le confesaba que yo, cuando me toca hablar con una alta jefatura (¡y qué altas jefas eran las dos, por favor!), no puedo dejar de subalternar la mirada entre las dos tetas.
viernes, 16 de abril de 2010
Diario de un poeta rolinga en Villa Gesell (parte 35)

Creo que a las morochas no les cayó muy bien mi experiencia laboral, porque las dos pusieron la misma cara de currículum. No sé por qué, todo el mundo sale con cara de tujes (es la única palabra que sé decir en ruso) en las fotos del currículum. Y escribiendo de eso, un amigo de Berazategui que se fue a vivir a España porque le habían dicho que ahí era más fácil conseguir un buen curro me dijo que allá lo tuvieron tres días en cana porque le habían pedido que llevara su “hoja de vida” a una entrevista de trabajo y él se presentó con un par de hojas de chala. ¿Cómo mierda iba a saber que los gallegos les dicen así al currículum?
“Bueno, Rolo, te cuento un poco de qué se trata el trabajo de jefe de minas”, dijo una de las morochas, “en primer lugar, tenés que saber vas a estar a cargo de muchas personas”. “Me gusta que llames personas al personal de la industria minera”, le dije para que viera el respeto que les tengo a las mujeres de la vida, “aunque la verdad es que sus pibes suelen ser bastante hijos de puta”. “¡Ay, Rolo, la boquita!” “Sí, todavía la tengo bastante hinchada, ¿no? Es para besarte mejor”, y le guiñé una vez más el ojo. “En segundo lugar”, dijo la otra, seguramente celosa, “vas a ser responsable de la seguridad del personal”. “Ah, por eso no se preocupen, que yo puedo poner a laburar a unos amigos que saben cómo alejar a intrusos de las minas y que siempre están bien calzados”. “Buenísimo”, dijo la morocha, “es muy importante que controles también que el resto del personal esté bien calzado, lo más recomendable es que usen botas”. “Yo, particularmente, soy devoto de las botas, valga la redundancia”, dije, “porque creo que es el calzado que más calienta, pero sé que hay gente que prefiere los tacos altos. Una vez visité a una mina que con tacos me sacaba dos cabezas. ¡Altos tacos, por Dios!”
Las morochas se miraban cómo si yo hubiera dicho varias palabras más en ruso además de tujes; menos mal, porque yo aproveché para acomodarme al saltarín Jack Flash, que con tanto hablar de minas había vuelto a despertarse.
jueves, 15 de abril de 2010
Diario de un poeta rolinga en Villa Gesell (parte 34)
5 de enero
Menos mal que la rubia se había acostado en el colchón de coté (de espaldas a mí, claro, aunque yo apenas si le presté atención a su espalda), y que no cambió de posición cuando me fui volando a sentar a la mesa con las morochas, porque si no hubiera descubierto el agujero en el colchón de donde habían salido los billetes de mi malla. La castaña seguía sentada entre las dos morochas, dele que dele a teclear en su noubuk. “¿Vos también vas a participar de la entrevista?”, le pregunté. “No, empiecen tranquilos”, dijo, “mientras yo termino de incorporar las expresiones que usaste al diccionario bilingüe Conurbano - Capital y zona Norte que estoy armando.” “Cacha, ¿sabés que yo siempre usé diccionarios bilingües en los cuatro años que hice de primaria para adultos?”, le dije; “mamá siempre les ponía un forro que tenía una lengua estón que calzaba justo en cada tapa”.
“Bueno, ¿empezamos entonces, Rolo, te parece?, dijo una de las morochas. “Antes que nada te contamos un poco de qué se trata el puesto”. “No se molesten”, les dije, “conozco al dedillo los gaffes del oficio”, y les mostré el dedo índice para hacerme el gracioso, pero enseguida tuve que volver a esconderlo debajo de la mesa, porque seguía bastante pegoteado. (Podría haber intentado pilotearla haciendo un chiste sobre Sticky Fingers, pero las morochas mucho inglés pero poco y nada de rocanrol. Seguro creían que Brown Sugar era el nombre que usaban las Azucar Moreno para salir de gira por Inglaterra y Estados Unidos). “No importa”, dijo la otra morocha, “aunque sepas te contamos igual, porque en la facu nos dijeron que es muy importante apabullar al postulante hablándole de las responsabilidades del trabajo, aunque sea para el puesto de cadete o barrendero.” “Ah, en eso también tengo mucha experiencia”, les dije, para impresionarlas, “durante diez años fui cadete del kiosco de uno de mis tíos, y durante esos mismo diez años me la pasé barriendo sin piedad a todos los delanteros de los equipos rivales en el potrero. Pablo Escoba, me decían, porque, después de barrerlos en el partido, iba, les pedía perdón y aprovechaba para venderles un poco de faso”.


